Es posible que algún día te
ofrezcan la oportunidad de exhibir símbolos de lealtad. Asegúrate de que esos
símbolos incluyen a tus conciudadanos en vez de excluirlos. Cuando todo el mundo obedece, la esfera pública se cubre de símbolos de lealtad, y la resistencia se
convierte en algo impensable.
Timothy Snyder
El independentismo catalán lleva años (los cinco
últimos intensamente) construyendo su discurso con una mezcla de zafiedad en su
contenido e inteligencia fina a la hora de manejar la propaganda para fanatizar
a sus seguidores/as. La mezcla de zafiedad e inteligencia ha logrado levantar
un andamiaje de control estricto de la calle en el que banderas y pancartas con
mensajes breves y repetitivos constituyen parte del propio discurso o incluso
su cuerpo. El discurso está incrustado y escenificado en ese marco, es una obra
de arte total dirigida tanto al oído como a la vista. La escenificación, a la
que invitaron a las fuerzas de orden público (salvando a la suya fuertemente
desprestigiada y en proceso de dignificación nacional) el 1 de octubre, logra
victimizar a la población que es golpeada por la violencia de la nación
enemiga. Todo ello con apariencia de espontaneidad mientras se difunden tópicos
groseros que calan ofuscando la inteligencia. Cuanto menos dirigido al
intelecto, el discurso será tanto más popular. Cruzará la frontera hacia la
demagogia cuando pase a narcotizar a los seguidores de manera deliberada[1].
La lógica del patriotismo es muy peligrosa llevada a sus últimas consecuencias.
En el esfuerzo de Cataluña por constituirse como
pueblo y como Estado se están convocando fantasmas de los que luego resultará
difícil desprenderse. La cultura entendida como marca de pertenencia y de
exclusión respecto a una comunidad alimenta mitos que resultan consoladores
para un sector de la población (clase media y media-alta) que se siente
agraviado por la crisis y por compartir recursos con territorios pobres del
resto de España. La fusión mítica entre el pueblo (da igual que la mayoría del
pueblo esté ausente de las filas nacionalistas) y la tierra a la que dicha colectividad
cree pertenecer funciona como motor incuestionable (y si “el otro” lo cuestiona
se le excluye, se le acusa de “facha”, de traidor, de renegado, se le señala
como como españolista, como indigno de ser catalán…).
El nacionalismo catalán (de la derecha del PDeCAT al
anticapitalismo de la CUP que sus propios votantes no se creen) se toma a sí
mismo tan en serio que cualquier acto, cualquier declaración, cualquier voto,
es de importancia histórica (en Cataluña estamos saturadas/os de momentos
históricos hasta la náusea). Y en esta escenificación vuelven las palabras
“grandes”: democracia, libertad, voto, etc. Palabras gastadas por la hipocresía
de sistemas políticos que han recorrido un largo camino desde el primer
liberalismo revolucionario (pero burgués) a la democracia (de la oligarquía
transnacional). La democracia con su igualdad ante la ley formal, sus derechos
y libertades vigilados y controlados cibernéticamente y el derecho del ser
humano sobre su propia persona (autonomía y libertad ficticia), naufraga en
medio de realidades de la economía capitalista que hacen preciso la existencia
del Estado y una forma de servidumbre peor que la esclavitud (la necesidad)[2].
La democracia resulta inaceptable para el
anarquismo, primero porque en ella se da el monopolio de poder centralizado en
el Estado y segundo porque se limita al ámbito político y no se inmiscuye en el
terreno de la economía. El control de la vida productiva de la persona es clave
para cualquier transformación y de eso nada dice la convocatoria de CGT en Cataluña, de la mano de las nacionalistas CUPs, que convoca una huelga general
el día 3 de octubre en un claro intento de reforzar a Junts pel sí en su
pulso contra el Gobierno de Rajoy. Una huelga que otras fuerzas pretenden nacional,
sin objetivos sociales, patrocinada por la ANC, Ómnium, y parte de la patronal catalana
(también han convidado a CCOO y UGT), todo ello con la bendición de la
Generalitat por boca de su vicepresidente.
La auténtica democracia es un sistema en el cual las
personas corrientes disponen de medios efectivos para participar en las
decisiones que afectan a su vida y comprometen a sus comunidades. Esto implica
que no sea parcial y llegue a toda la vida social y económica mediante un
verdadero control de la producción y la
inversión y mediante la supresión de las estructuras de jerarquía y dominio
existentes en el sistema estatal, en la economía privada y en gran parte de la
vida social. Evidentemente nada que ver con el famoso lema del “Derecho a decidir”,
frase incompleta que nunca aclara sobre qué se ha de decidir, dejando
sobreentendido que ese derecho se refiere exclusivamente a decidir sobre la
independencia de Cataluña. Se trata de un lema acertado que se ha popularizado
a costa de repetirlo machaconamente y de generar expectativas de cambio
positivas que nunca se han concretado más allá de las mejores intenciones
abstractas.
La ambigüedad con la que se vende la futura
república catalana no variará la democracia capitalista de Estado en la que aunque el pueblo es soberano, el poder
efectivo reside en gran parte en manos privadas, lo cual tiene efectos de gran
alcance en todo el orden social. Mientras tanto el sistema de adoctrinamiento
de la Generalitat busca mantener a sus seguidores/as en un estado de estupidez
e ignorancia distraídos/as con simplificaciones groseras y de gran fuerza
emocional. La multitud es el blanco de los medios de comunicación y de un
sistema de educación pública encaminado a generar obediencia y formación en las
destrezas requeridas, incluida la de repetir lemas patrióticos en ocasiones
oportunas.









