miércoles, 13 de diciembre de 2017

VERDAD Y POLÍTICA


Este título, en plena campaña electoral en Cataluña, puede hacer pensar que quiero hablar de ese tema. No es así. O lo es de manera indirecta puesto que quiero hablar del ensayo de Hannah Arendt que lleva ese título tan actual. Hoy no hablamos de verdad sino de postverdad para hacer referencia a la constatación de que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal. La postverdad está en la capacidad que tienen algunos sectores políticos para presentarse como lo que no son, prometiendo lo que no pueden hacer

Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio del nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, exiliada en EUA. Se desplazó a Jerusalén y fue escribiendo artículos sobre el juicio al miembro de las SS involucrado en la solución final. Estos reportajes fueron publicados en forma de libro (440 pág.) en 1963. Ya en aquellos años esta obra provocó duras críticas y una fuerte animadversión contra ella.  Eichmann no era una figura demoníaca sino más bien un funcionario mediocre y obediente para quien Arendt acuñó la categoría de “banalidad del mal”. Esta caracterización, sumada a sus acusaciones contra muchos consejos judíos en campos y guetos por colaboracionismo con los propios nazis, generó una formidable polémica en torno al libro de Arendt sobre el proceso de Jerusalén.



La controversia causada por esta obra de Arendt provocó la aparición del ensayo “Verdad y política” puesto que se utilizaron una enorme cantidad de mentiras en dicha disputa.
En este ensayo Arendt señala la dificultad de que verdad y política vayan de la mano, de hecho afirma que la mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable (15) para la actividad de los políticos, demagogos y hombres de Estado. Decir la verdad es arriesgado y lo ha sido a lo largo de la historia.
La autora distingue entre la verdad racional propia de las ciencias naturales, la verdad factual de las ciencias sociales y la opinión propia de la colectividad humana. La facilidad con la que se convierten las verdades factuales en opiniones pretende desdibujar la línea divisoria entre ambas como si las personas fueran incapaces de aceptar la persistencia de la verdad. Quizás, sospecha Arendt, puede ser inherente a la naturaleza del campo político el estar en guerra con la verdad en todas sus formas (37); por este motivo el compromiso con la verdad es considerado como una actitud antipolítica.
Arendt va más lejos cuando afirma que lo opuesto de la verdad factual no es el error, la ilusión o la opinión (…), sino la falsedad deliberada o la mentira (55). En este sentido es importante la manipulación masiva de los hechos y las opiniones, algo que es evidente, según Arendt, en la reescritura de la historia, el trabajo de los creadores de imagen y la política gubernamental.
La última vuelta de tuerca se da cuando el político embustero se cree su propia mentira, solo el autoengaño es capaz de crear una apariencia de fiabilidad (63). Naciones enteras podrían terminar guiándose por una red de engaños con la que sus líderes querían someter a los opositores. La amenaza más peligrosa, entonces, vendría de los miembros del propio grupo que pretendieran romper el hechizo e insistieran en hablar de hechos que no encajaran con el engaño.
Pero los hechos (la verdad) son superiores al poder, tienen una fuerza peculiar frente al poder, este no puede inventar un sucedáneo viable de la verdad. La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad, pero no pueden reemplazarla. ¿Podemos seguir pensando con Arendt en esa fuerza peculiar de la verdad?
En todo caso, esa convicción es lo que le lleva a concluir su ensayo con estas palabras:

En términos conceptuales, es posible definir la verdad como aquello que no podemos cambiar; en términos metafóricos, es el terreno que pisamos y el cielo que se extiende sobre nuestras cabezas (80).

Finalmente sí he hablado de la campaña electoral en Cataluña.

domingo, 3 de diciembre de 2017

HERMANA, YO SÍ TE CREO


La violación que se produjo en Pamplona, y que se está juzgando estos días de noviembre de 2017, tiene muchos elementos que me provocan rechazo, repugnancia e ira. Me referiré a algunos de ellos.

Que el grupo de violadores se autodenominara “la manada” me resulta denigrante para la víctima y me da una imagen bastante exacta de los victimarios: la manada es un grupo de animales que andan juntos. Y van juntos para ser más eficaces en la caza y para compartirla. Esta manada de animales humanos debía tener también otra finalidad: animarse mutuamente para llevar a cabo “la caza”, convertirla en una diversión compartida y ofrecerla como espectáculo en las redes sociales.

Las violaciones siempre se basan en lo mismo: el uso de la fuerza para imponer unas relaciones sexuales no consentidas ni aceptadas por la víctima. El abuso del número y de la fuerza de los integrantes de “la manada” respecto a una mujer sola, habla por sí misma de lo ocurrido en el portal de aquella vivienda. Que el silencio se interprete como asentimiento y aceptación es un insulto a la inteligencia y una falta de sensibilidad inaceptable.

Pero las violaciones de hoy tienen un componente nuevo que no podemos obviar, los victimarios se vanaglorian grabando la violación, compartiéndola y convirtiéndola en un espectáculo de dimensiones desconocidas. Hay una actitud de denigrar a la víctima ante otras “manadas” puesto que cada vez que un vídeo de estas características se comparte, la víctima vuelve a ser violada simbólicamente por quienes la miran.

No comparto la idea de que las feministas nos apropiemos de esa imagen de “manada”, una idea potente pero que me desagrada profundamente. Nuestra fuerza se sustenta en lo contrario del imaginario de “la manada”, una asociación para cazar, para agredir, para exaltarse mutuamente en la imposición de la fuerza bruta del grupo, la afirmación de la acción totalitaria de los agresores, de la acción irracional y de un mundo basado en la jerarquía de la brutalidad y la dominación.

A las feministas nos une el apoyo mutuo, el reconocimiento de la fuerza que nos da un comportamiento colaborativo y solidario, la afinidad electiva, la autonomía de pensamiento, la libertad de criterio... Las afinidades entre las personas toman en consideración el temperamento, las diferentes formas de sensibilidad, los diferentes rasgos de carácter  y las diferentes maneras de integrarse con los demás. La asociación es el arte de despertar lo mejor de cada persona, descartando lo peor, la capacidad de movilizar recursos nuevos, positivos y portadores de libertad y de vida. Romper con los estereotipos y los roles impuestos requiere que se ponga a su servicio lo mejor de quienes se organizan por afinidad. 

Eso son para mí los feminismos, esa es nuestra fuerza y nuestra manera de pensar un mundo nuevo.



jueves, 23 de noviembre de 2017

MUJERES LIBERTARIAS DE ZARAGOZA

El día 17 de noviembre tuve la gran suerte de rodearme de compañeras y amigas (Lola Vicioso, que presentó el acto, Carmen Gracia, Ana Carrera, Pilar Lerín y Nieves Pina) para presentar el libro: Mujeres Libertarias de Zaragoza. El feminismo anarquista en la transición. La presentación se hizo en la librería La Pantera Rosa. 
Este texto recoge mi intervención en la presentación.


Este es un libro especial para mí:
  • Por adentrarse en una época reciente (la Transición) en la que casi es imposible trabajar desde el punto de vista de la historia por la cercanía a los hechos.
  • Por haber formado parte activa de lo que se describe en el libro, algo que nunca imaginé que haría.
Por ese carácter especial que tiene, me tomaré la licencia de montar mi intervención en esta presentación como un puzle, en cierta manera caótico, con aspectos que quiero resaltar, sacrificando una exposición más convencional, más ordenada y completa.


La primera pieza del puzle
Hace referencia a algo sobre lo que he pensado mucho y tengo claro que no conviene confundir: memoria e historia. Este libro se basó, en gran parte, en un ejercicio de despertar la memoria del pasado reciente para poner fechas y orden cronológico a la existencia de Mujeres Libertarias de Zaragoza. Todas nos dimos cuenta en ese intento de recuperar la memoria personal (que hicimos en dos mañanas de sábado de 2016) de su fragilidad. Por mi parte, comprobé una vez más que la memoria es tan solo un conjunto de recuerdos individuales y de representaciones colectivas del pasado, por ello en la introducción escribí estas palabras inspiradas en el historiador Enzo Traverso:
La memoria es en realidad una representación del pasado que se construye en el presente, resulta de un proceso en el que interactúan varios elementos, cuyo papel, importancia y dimensión varían según las circunstancias. Las personas cambian, sus recuerdos pierden o adquieren importancia nueva según los contextos, las sensibilidades y las experiencias acumuladas[1].
La memoria, por tanto, aporta elementos vitales a la historia, “el aliento de vida”, pero como tal es siempre subjetivo, necesita ser contrastado con otras fuentes que le otorguen más objetividad.
Y es la Historia la que tiene que aportar el discurso crítico sobre el pasado, es decir, una reconstrucción de los hechos y acontecimientos pasados tendente a su examen contextual y a su interpretación.
Este librito intenta humildemente, desde la memoria y otras fuentes documentales, hacer historia, o mejor microhistoria, ya que trata de estudiar  la actividad de un grupo feminista durante un breve, pero intenso, periodo histórico.


La segunda pieza del puzle
Hace referencia a la genealogía que durante cien años (década de 1830 a la de 1930) construyó el feminismo anarquista.  Los seres colectivos siempre son más de lo que son puesto que llevan en sí fuerzas de tiempos anteriores, de esta forma no se trata de verlos desde fuera sino desde dentro, desde lo que somos podemos evaluar mejor lo sucedido en el pasado. Así lo expresa el escritor y poeta Jean Tardieu, en una bella metáfora de la genealogía de las clases trabajadoras, cuando dice:
Si con una llave, golpeo los hierros que él golpeaba, escucho todavía, en su sonido que permanece puro, brotar del fondo de los siglos criminales el grito de su esfuerzo y de su triunfo[2].

Yo llevo mucho tiempo golpeando los hierros que ellas golpeaban y escuchando el sonido puro de sus esfuerzos, de su activismo, de sus ideas, de sus lágrimas, de sus emociones, de sus vejaciones, de sus vidas…
El feminismo anarquista forma parte, por tanto, de una ascendencia de largo recorrido que fue el resultado de la diversidad, la apertura de miras y la evolución a lo largo del tiempo. El nacimiento de los grupos de “Mujeres Libertarias /Libres” durante la Transición democrática (1975-1982) intentó vincularse con esa genealogía de cien años que arrancó con las utópicas de la década de 1830, paso por las republicanas, las internacionalistas, las librepensadoras, las pioneras que definieron el feminismos obrerista anarquista (las “dos teresas”) y que floreció en la II República con Mujeres Libres ya iniciada la Guerra Civil. Pero esa genealogía feminista quedó truncada violentamente por la Dictadura franquista, que sin duda tuvo una dimensión de género, produciéndose un vacío que no fue fácil llenar en la Transición.


La tercera pieza del puzle
Es la constatación, hoy, de que el activismo se nos comió y un aviso a navegantes para que no vuelva a suceder. Pocas mujeres (por el grupo pasaron algo más de treinta personas) abarcaban mucha actividad en el terreno de la lucha en perjuicio de la reflexión y de la construcción de teoría. Se leyeron libros, se elaboraron ponencias, pero no se construyó, desde mi punto de vista, las bases de un feminismo anarquista sólido. Esto no quiere decir que no tuviéramos una personalidad libertaria definida y diferenciada de los otros feminismos. Cualquier tema (el militarismo, la sexualidad, las relaciones de pareja, el trabajo, la cultura, la educación, etc.) incidía en la opresión que sufrían las mujeres y que hacían necesaria una rebelión entendida como subversión de los valores más profundos y enraizados en cada persona, eliminando los prejuicios basados en la cultura autoritaria del franquismo. La defensa de la libertad, clave para las libertarias, se fundamentó en la búsqueda de la independencia psicológica y de la autoestima, poniendo en valor la llamada “emancipación interna”, que ya defendía Emma Goldman, para que las mujeres se convirtieran en sujetos de su proceso de liberación.
Todo esto fue tremendamente positivo y lo tradujimos en ideas, organización, reivindicaciones y luchas (tres de los cinco apartados que estructuran el capítulo 4 dedicado al grupo), pero la falta de tiempo nos impidió adaptar el feminismo anarquista heredado del pasado a los años ochenta.


La cuarta pieza del puzle
Hace referencia a la constatación de que el feminismo no afectaba solo a lo político, a lo público, sino que incluía lo personal. Ese descubrimiento fue revelador para muchas de nosotras: el poder, la autoridad, la subordinación… no estaban solo en lo exterior (religión, Estado, ejército, lugar de trabajo, etc.) los teníamos en casa, en nuestra pareja, en las relaciones sexuales. Lo impregnaba todo, hasta lo más íntimo. Y empezamos a hablar de lo que vivíamos, de cómo era nuestra sexualidad, de nuestras parejas, del sexismo, cuando no paternalismo, que sufríamos en las propias organizaciones libertarias.
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[1] Enzo Traverso (2012): La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX. FCE, Buenos Aires, Argentina, p. 286.
[2] De Jean Tardieu: La Part de l’ombre, citado en Colson, Daniel: Pequeño léxico filosófico del anarquismo. De Proudhon a Deleuze. Buenos Aires: Nueva Visión, 2003.

lunes, 13 de noviembre de 2017

IDENTIDADES Y LIBERTAD


Un libro lleva a otro y este a otro más y así se va construyendo una cadena de muchos eslabones que ayudan a pensar y a definir con fineza las ideas y las emociones.

En los últimos textos  he ido tejiendo una red de consideraciones sobre el nacionalismo que muestran, a la vez que mi manera de ver el nacionalismo catalán, las lecturas que me han proporcionado el hilo para tejer dicha red. Aunque reflexiones y lecturas se remontan mucho más lejos, como se puede comprobar en la etiqueta de nacionalismo de este blog, algunos de los últimos son: Timothy Snyder, Albert Camus, Tony Judt, Víctor Klemperer, Noam Chomsky, Amin Maalouf y, por último, Isaiah Berlin.



Que Berlin[1] sea un hombre con pluralismo de identidades y en la introducción, Ángel Rivero, haga en su nombre un “examen de identidad” (p. 10) como tuve el atrevimiento de hacer yo misma en el texto “Identidad(es)”, resulta una de esas causalidades (que no casualidades) que siempre me sorprenden. Dice Berlin:
(…) el pluralismo (…) me parece un ideal más verdadero y más humano (…). Es más verdadero porque (…) reconoce el hecho de que los fines humanos son múltiples, son en parte inconmensurables y están permanentemente en conflicto (…). Es más humano porque no priva a los hombres (…) de aquello que se les ha hecho indispensable para su vida.
En cambio, la identidad primordial alimenta una verdad única que destruye a las personas concretas para superar el pluralismo de sus valores, creencias y fines. El nacionalismo es una de las ideologías, no la única (también las religiones o el comunismo), interesada en uniformizar y desterrar las identidades plurales que son líneas que fracturan la verdad monolítica de la “unión sagrada” de la nación, llamando al sacrificio de la pluralidad en aras de un ideal abstracto (nación, dios, utopía comunista).

En “Dos conceptos de libertad”, Berlin hace una reflexión interesante sobre la libertad, diferenciando libertad “negativa” de libertad “positiva”. La primera hace referencia a la ausencia de obstáculos (creados por el ser humano) a la acción de las personas. Una tendrá más o menos libertad en función de la ausencia de tales obstáculos. La libertad “positiva” hace referencia al ejercicio del poder político, a quién manda, quién es el jefe. Soy más libre, en este sentido, si no tengo que obedecer a otra persona. La primera está en la base de las instituciones liberales (democráticas) con la perversión del liberalismo económico y de la explotación extensiva que se dio desde el siglo XIX en los países industrializados y desde el colonialismo hasta la actualidad en el mundo pobre. La segunda está en la base de la mayor parte de los despotismos.

Berlin considera que es la libertad negativa la que ha tenido un rendimiento histórico más fructífero. Se esté de acuerdo con él o no, resulta interesante comprobar cómo el debate sobre la libertad y sus muchas lecturas es importante para no caer en mitificaciones como la que el nacionalismo catalán ha llevado a cabo en los últimos cinco años.

Esta reflexión de Berlin sobre la libertad me ha permitido comprender algunos aspectos importantes del proceso que ha protagonizado el nacionalismo catalán:

1º Que la impotencia para alcanzar un fin, no indica falta de libertad política como el nacionalismo (y el “exiliado” Puigdemont desde Bruselas) repite hasta la saciedad. Solo se carece de libertad política cuando son seres humanos los que me impiden alcanzar un fin. El nacionalismo catalán se empeña en no reconocer, y en mentir, respecto a un hecho repetidamente demostrado: que no cuenta ni siquiera con el 50% de la población catalana para su proyecto.

2º Que si mi libertad (o la de mi nación), depende de la imposición sobre la mayoría o provoca miseria económica para los sectores más desfavorecidos de la sociedad catalana, el sistema que promueve esto es injusto e inmoral. Por mucho que una parte importante de la población esté dispuesta al sacrificio en aras de un ideal abstracto como es la nación.

3º Hay nacionalistas de izquierda como la CUP que caen en una aberrante paradoja: parten de la afirmación de que el nacionalismo que propugna la independencia es bueno para la “clase obrera” o “clases populares” (ambos conceptos acostumbran a utilizar), aunque dichos sectores no lo sepan. De su conocimiento superior concluyen que actúan en nombre de dichos sectores populares como si ellos mismos lo hubieran elegido aunque no lo hayan hecho de forma consciente (e incluso demuestren –a través del voto y de manifestaciones- que han elegido permanecer unidos al resto de España). Esta monstruosa suplantación consiste en hacer equivalentes lo que las “clases populares” habrían elegido si fueran alguien que no son, o al menos no son todavía, con lo que esos sectores populares de hecho buscan y eligen.

El concepto libertad, o democracia, está en boca de todos/as, su abuso por parte de los nacionalismos resulta peligroso, especialmente si se produce un enfrentamiento de identidades únicas que reducen el espacio de la política (no hago referencia a la política institucional, sino a la política entendida como res publica) en aras de las creencias irreductibles.



[1] El libro que inspira esta reflexión es: Isaiah Berlin (1958, 2014): Dos conceptos de libertad. El fin justifica los medios. Mi trayectoria intelectual. Alianza, Madrid.

viernes, 3 de noviembre de 2017

IDENTIDAD(ES)


Hay momentos en que una palabra que apenas era relevante en nuestras vidas, pasa a serlo sin que sea el resultado de una decisión personal. En mi caso esa palabra es identidad nacional. Como Amin Maalouf[1], desconfío de palabras que bajo una apariencia sencilla son traicioneras, identidad lo es puesto que su significado es ambiguo.

La identidad personal es única e irreemplazable para cada persona puesto que se va construyendo y transformando a lo largo de nuestra existencia. En ese camino de construcción de nuestra identidad personal influyen las circunstancias de nuestra vida y la relación con los demás. Como identidad compleja no hay dos iguales y eso no tendría interés alguno para definir a un colectivo puesto que habría puntos en común pero también múltiples diferencias. Dada la imposibilidad de generar una identidad común en miles (o millones) de personas, siempre habrá quien nos quiera convencer de que hay una identidad primordial (superior a las demás), simplificando la complejidad de nuestra identidad personal, para construir movimientos colectivos movidos exclusivamente por esa única identidad (religiosa, nacional, étnica, lingüística, de clase, etc.).


Soy partidaria de desconfiar de identidades primordiales y responder siempre desde mi identidad compuesta (múltiple), el resultado es el disgusto de quienes no están dispuestos a asumir dicha complejidad y nos presionan para que elijamos la que consideran esencial y superior a las otras. Negarse a elegir significa quedarse fuera de la “tribu”, en esa “tierra de nadie” de la que hablaba hace unos días en este mismo espacio: "Cuando el nacionalismo pone las emociones en el centro del debate".

Siguiendo la recomendación de Maalouf resulta instructivo hacer un “examen de identidad”, rebuscando en la memoria el mayor número de componentes de mi identidad para combatir la tentación de simplificar y revelar una sola para definirme. Por tanto, no rechazo las identidades contradictorias que me sitúan en la frontera entre dos pertenencias enfrentadas sino al contrario.

Vengo de una familia que es originaria del medio rural aragonés, mi familia ha sido pobre, sin tierras en propiedad o con pequeños corros de tierra para la subsistencia. Católicos de religión y de cultura, algunos de ellos participaron del anticlericalismo del siglo XIX, principios del XX por el posicionamiento de la Iglesia en favor de los más ricos. El ateísmo de una parte de la familia (la masculina) ha convivido, de mejor o peor manera, con la religiosidad de la parte femenina. Aunque minoritaria, una parte de las mujeres de la familia (por cierto, me llamo Laura por dos de ellas) mostró signos de rebelión ya en la ciudad (Zaragoza) con un resultado más bien negativo puesto que los estereotipos de género y el franquismo cerraron en seco dichos atrevimientos. Pese a ello la semilla persistió y mi madre estaba convencida de la necesidad de que yo estudiara y pudiera acceder a la autonomía económica, esa habitación propia de la que hablaba Virginia Woolf y a quien mi madre nunca ha leído.

Formar parte de una comunidad católica me une a todos los católicos que hay en el mundo, ser atea por elección personal me une a otra comunidad no menos internacional. Nacer en España determina mi nacionalidad y mi lengua, otro elemento que me ha unido a millones de castellanohablantes en todo el mundo y a compartir una rica cultura que adopta formas literarias, artísticas, de costumbres, culinarias, etc., muy variadas.

Nací en un barrio obrero de Zaragoza en el que compartí juegos en la calle con niños y niñas que eran hijos/as, como yo misma, de obreros de la construcción, del metal (como mi padre) o de otras ramas productivas y de trabajadoras en casa (como mi madre que era modista) o fuera de casa para poder hacer frente a una vida difícil y dura para quienes dependían de un salario. En mi barrio forjé un carácter rebelde, batallador, orgulloso e independiente que me ha ayudado mucho a lo largo de mi vida, además siempre me he considerado dentro de la clase trabajadora aunque mi trabajo como profesora de secundaria me ha situado más cerca de la clase media que de la clase obrera de la que procedo.
La obstinación de mi madre me llevó al instituto de secundaria primero y luego a la Universidad (fui la primera persona de mi amplia familia que accedió a los estudios superiores) y allí se abrió para mí un mundo de lucha estudiantil en plena etapa de Transición Democrática tras la muerte de Franco (1975). En la Universidad descubrí mi auténtica pasión: la investigación histórica, pero mi rebeldía me llevó a descartar quedarme en la Universidad y preparar unas difíciles oposiciones que al ganarlas cambiaron mi residencia a Cataluña.

Mi llegada a Cataluña no fue fácil, ni feliz, dejé unos espacios de sociabilidad bien constituidos y tan sólidos que aun los conservó en parte. En Zaragoza deje un grupo de amistades, mi familia, mi pareja, un espacio político dentro del mundo libertario vinculado a la ecología y el feminismo y un espacio físico (mi barrio y mi ciudad) en el que me sentía cómoda. En Cataluña solo tenía el trabajo, mi autonomía económica tan deseada.

El traslado de mi pareja tres años después de instalarme en Cataluña, la enseñanza de la historia que siempre me ha gustado y la lectura de la Tesis Doctoral junto con su publicación dieron lugar a una cierta acomodación al nuevo espacio. Allí encontré algunas amistades, unos referentes culturales entre los que destacaba una nueva lengua, encontré acomodo dentro de los espacios de protesta libertarios y tuve dos hijos que ayudaron a arraigarme a Cataluña. Fui partidaria de que mis hijos se integraran en su lugar de nacimiento y hablaran las dos lenguas con igual soltura, yo misma lo hice y pude dar las clases en ambas lenguas con parecida solvencia. Nunca me integré en la cultura folclórica catalana porque no me llamó la atención, igual que no lo hice en Zaragoza, pero sí lo hicieron mis hijos.


¿Más detalles sobre mi identidad? No quiero hacer largo este texto, solo añadiré que nunca me planteé con seriedad marcharme de Cataluña y volver a Aragón. Mi pareja encontró, tras diversos intentos, un trabajo que le gustó y mis hijos iban creciendo arraigados a su ciudad de nacimiento.

Desde hace cinco años, se ha despertado a mi alrededor un afán por destacar una sola pertenencia que ha invadido la identidad entera de gentes muy cercanas a mí (amistades, compañeros/as de trabajo, el ámbito libertario…). He observado con sorpresa y aprensión como los que comparten esa identidad esencial se sienten solidarios, se agrupan, se movilizan, se dan ánimos entre sí y arremeten contra “los otros”. He sufrido con estupor como se ha construido un “nosotros” que recuerdan con precisión agravios, incluso históricos, y un “los otros” que se perciben como extraños y peligrosos. En definitiva he visto crecer la peligrosa concepción tribal de la identidad nacional catalana. La principal virtud del nacionalismo (español o catalán) es hallar para cada problema un culpable antes que una solución y así hemos llegado a la confrontación de la DUI y el 155.

Yo (y otros “yoes”) que nos hemos mantenido en nuestras identidades complejas no tenemos espacio (o se nos ha reducido mucho) en esta confrontación de identidades primordiales encerradas en su papel de víctimas y en su mentalidad de agredidos/as.

El resultado de esta situación es mi incomodidad y disgusto por vivir en este espacio físico que me agobia y me acerca a la amargura, la resignación, la pasividad, el miedo. Toda la vida soñando con la utopía y me tropiezo con una retroutopía nacionalista que se acerca a la nada en el sentido de la emancipación de los más desfavorecidos. Y pese a todo me revuelvo y me rebelo contra la tentación de la desesperanza sin ser capaz, hoy, de ver el camino.




[1] Es magnífico cuando un libro te da claves para entender lo que ocurre a tu alrededor, esta reflexión está inspirada y recoge ideas de Amin Maalouf (2016, traducción 1999, escrito en 1998): Identidades asesinas. Alianza Editorial, Madrid.

lunes, 23 de octubre de 2017

SOBRE EL LENGUAJE TOTALITARIO



El fanático es el verdadero rival de su racionalismo.
VICTOR KLEMPERER

La manipulación del lenguaje resulta relativamente fácil de realizar y se puede hacer de manera rápida si cuenta con la potencia de las instituciones del Estado. Imponer palabras, expresiones e incluso formas sintácticas se puede convertir en una necesidad para aquellas ideologías que pretenden su asimilación mecánica e inconsciente a base de repetirlas millones de veces. Una lengua, que se convierte en fanatismo de masas, se puede centrar en despojar al individuo de su esencia individual en narcotizar su personalidad.

Es difícil pensar en la posibilidad de que el lenguaje, que es algo tan íntimo, tan cercano a nosotros/as, pueda enraizar expresiones totalitarias (igual que racistas, clasistas o machistas) de las que apenas somos conscientes y que nuestra lengua acaba imponiendo su voluntad. El libro de Victor Klemperer[1] es un excelente texto que escudriña en la terminología que el nazismo impuso en la lengua alemana y en cómo pervive más allá del fin del III Reich.

Sería interesante que una filóloga/o llevara a cabo una tarea similar en el vocabulario del soberanismo catalán y en cómo se han introducido en parcelas de nuestra vida cotidiana expresiones que bajo la apariencia de positividad, libertad y democracia, esconden trampas bien calculadas por los expertos que, desde el aparato institucional catalán, se han puesto en circulación en los últimos cinco años (algunos ejemplos relevantes: “mandato popular”, “derecho a decidir”, “España nos roba”, “Constitución franquista”, etc.).


[1] Basado en el libro de Victor Klemperer (2016, 8ª ed): LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Minúscula, Barcelona.

viernes, 13 de octubre de 2017

CUANDO EL NACIONALISMO PONE LAS EMOCIONES EN EL CENTRO DEL DEBATE

Nunca he sido partidaria de exponer mis emociones en público, una educación sobria hasta el límite, en una familia obrera que migró del campo a la ciudad en momentos de dura crisis (una rama familiar antes de la II República y la otra en la década de 1950) y una convicción propia de que había que controlar las emociones en aras de la racionalidad, me convencieron de lo peligroso que podía llegar a ser conducirse exclusivamente por sentimientos.

He procurado a lo largo de mi vida mantenerme en esa línea de actuación, acompañada por la idea de que era necesario actuar colectivamente buscando la justicia social y la libertad. Esas convicciones no forman en mí un barniz que se puede rascar para sustituirlas por otras sino la idiosincrasia de mi forma de ser. Nunca he pretendido ocupar cargos ni beneficiarme en nada de mi activismo y eso me ha permitido ir construyendo un perfil muy personal vinculado al anarquismo sin que esté determinado por ninguna organización aunque he estado afiliada más de 30 años a la CNT, posteriormente CGT. Abandoné esta organización hace tres años por disconformidad con la línea nacionalista adoptada en Cataluña  y que en las últimas semanas se ha mostrado en toda su desoladora magnitud.

DURANTE MESES Y MESES DI CLASE CON LA CAMISETA AMARILLA CONTRA LOS RECORTES EN EDUCACIÓN

Sin embargo hoy rompo esa línea de actuación y hablo de emociones y sentimientos, con mucho pudor, porque el nacionalismo ha colocado en el centro del debate político una ideología que se sitúa exclusivamente en el terreno subjetivo de las emociones. Sobre los sentimientos del nacionalismo catalán se habla continuamente en los medios de comunicación proclives a la independencia, sobre los del nacionalismo español algo parecido en otros medios. Esa confrontación de subjetividades emocionales ha creado dos mundos paralelos en los que los “otros” no tienen cabida y sirven para reafirmar identidades excluyentes, rencores, rabia y odio.

Pero yo no me sitúo en ninguna de las dos reacciones identitarias: no me gustan las banderas, ni las señas de identidad lingüística, ni los agravios egoístas, no me emocionan los himnos patrióticos, ni sentirme fuerte arropada por una masa que busca la unanimidad y rechaza la discrepancia, ni busco en la historia la confirmación de mis deseos.

Ese control de las emociones me ha conducido a una incómoda situación, estoy en tierra de nadie, no me ampara ninguna organización, no me consuela la convicción de sentirme en posesión de la verdad, no me siento arraigada a ningún pedazo de tierra, a ninguna categoría de superioridad ética (ni étnica). En esa tierra de nadie hace frío, hay confusión, no tengo raíces que me sujeten a tradiciones o creencias, mi nombre circula en listas de malos patriotas, la amenaza de graves palabras (traidora, deshonesta, renegada, fascista…) ronda alrededor mío, de mi familia y de mis amistades que como yo estamos instalados en esa tierra de nadie.

¿Qué me queda tras años de compromiso social y activismo?
¿Acabar hablando en público de emociones y sentimientos?